
Escucho el canto temeroso del viento mientras mi amargura ya no se contiene.
El aire que exhalan mis recuerdos golpea mi alma con su olor a soledad.
La tristeza que me embarga camina sobre la arena, hoy que nada la detiene.
Mis ojos gritan al unísono del mar ¡llevadme!, más lejos que tu profundidad.
Así expresó la poetiza el momento más crucial de su vida. Con pluma y papel en mano avanzaba de frente, luchando contra sus pensamientos. No quería recordar más el dolor de la ausencia, el sabor del arrebatamiento del corazón, ni la vehemencia del llanto.
La decisión tornaba hacia el sufrimiento de su existencia: cuando la pérdida del hombre amado le marcó un luto eterno, que desgarraba su garganta y vaciaba sus entrañas. Entonces, ahora la muerte la invitaba a buscar el ansiado reencuentro. Ella, la poetiza, sólo tenía que seguir el camino que la liberaría en el mar.
Mis pies mojados sienten el brío helado de mi destino ante la reflexión de mis pasos.
Mi valentía, temblorosa observa un halo de luz que ilumina mi rostro agachado.
Despacio, dirijo la barba al cielo, sin más reacción que el asombro de mis brazos.
Su imagen se plasma en mi mente con palabras que alguna vez él había pronunciado.
Pobre mujer de letras. Estaba decidida a buscar el camino hacia el hombre que la amó algún día, aunque seguramente el suicidio la conduciría al bajo astral. El miedo la atormentaba, pero al sentir la luz de la luna recordó lo que él había prometido: “Ni el tiempo, ni la distancia; ni el mar, ni el universo. Nada podrá alejarnos mientras tu corazón no desista y estés decidida a seguir con la frente en alto. Cuando desesperes en el vacío de la tristeza, vuelve la mirada a la luna. Sólo así descubrirás la calma, encontrarás la paz y te besaré en silencio”.
Luna encandecida que con sus rayos consuela el recuerdo perpetuo de sus caricias.
Plata enfurecido ante lo desconocido, rojo apasionado sobre mis sentidos.
Una lágrima del cielo cae en mis labios, un gris sombrío pinta ahora mis pupilas
Una tormenta de lágrimas lunares confunde mi cuerpo con mis negros vestidos.
La niña hermosa lloraba junto con su querido. Imploraba perdón, culpaba su acción, porque no deseaba que su hombre llorara decepcionado, por su debilidad.
Arrojó el cuaderno sobre la arena y corrió apresurada lejos de la playa.
Se dice que después de esa lunada, la poetiza paseaba con ropas blancas y una sonrisa iluminada. Que todas las noches regresaba a charlar con la luna, hasta que en la vejes se le encontró tumbada, con los pies mojados a la orilla del mar y una expresión de paz que colmaba su existir.
Por: Rubén Egeo.

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